Lemuria y Atlántida


LEMURIA

Separación de la luna

    Cuando el peligro de petrificación de la Tierra llegó al máximo, amenazando para siempre su futura evolución, las entidades divinas que vigilaban todo el desarrollo descrito frustraron ese peligro arrojando a los seres petrificadores afuera del propio cuerpo de la Tierra, donde ellos formaron un nuevo cuerpo aparte: nuestra luna, a partir de donde ejercieron su influencia endurecedora de manera más amena.

    Las entidades precursoras de los hombres, ante la imposibilidad de permanecer en la Tierra, habían emigrado a otros planetas, comenzaron a regresar, poco a poco, a medida que la Tierra se fue tornando más “blanda”, después de la salida de la Luna.

    En este regreso progresivo llegaron primero aquellos que siendo poco evolucionados, podían contentarse con cuerpos físicos relativamente “duros”, ellos se tornaron las plantas superiores e inferiores, seguidas, más tarde, por los animales… Los hombres, a los cuales el mundo todavía no ofrecía condiciones de vida adecuada, permanecieron en los planetas y realizaron su aparición en la Tierra en el último lugar… él fue el que esperar más tiempo. Aquellos que regresaron antes, no alcanzaron el estado humano, pues no pudieron encarnarse en un cuerpo individual. De estos, los más evolucionados eran los “yoes” grupales, que dieron cada cual su individualidad a toda una especie de animales, sobre la cual actuaban “desde afuera” (leones, elefantes, etc.).

    Paralelamente al descenso del hombre, asistimos a un progreso en su consciencia. En cuanto el cuerpo astral era la parte más alta de la entidad humana, vemos ahora los primeros gérmenes del Yo implantado en ella, en un proceso extremadamente lento. La “sustancia” espiritual de esos Yoes era en forma de una emanación de los Espíritus de la Forma, los espíritus solares que pueden, por tanto, ser considerados como “creadores” del hombre en la Tierra.

    El grado de consciencia de esos Yoes era muy bajo. Ellos, tenían consciencia de sí mismos. Vivían, por así decir, en un estado de sueño donde aún se sentían “uno” con sus creadores y con los mundos espirituales, que ellos percibían por medio de una vivencia suprasensible generalizada. Era un estado de perfecta armonía, una existencia “en la presencia de Dios”. Era el Paraíso de La Biblia.

   

En las ciencias ocultas, se da a esta época el nombre de LEMURIA, pues la humanidad vivía principalmente, en una región de la Tierra (que no tenía aun su configuración actual) situada al Este de África ya actualmente cubierta por el Océano Indico: el legendario continente de Lemuria (o Gondwanaland).

    Este período lemúrico (precedido por otros dos periodos de la formación física de la Tierra) fue muy largo: incluía la separación de la Luna, el retorno progresivo de los seres emigrados y de los acontecimientos que pasaré a exponer.

    Repitiendo su hazaña de la antigua Luna, un gran grupo de seres espirituales de todas las jerarquías se rebelaron contra la evolución trazada por la Providencia ( si es permitido llamar así al plan cósmico inspirado por las más altas jerarquías), procurando un desenvolvimiento independiente, caracterizado por una autonomía más amplia. Esa revolución es conocida en varias mitologías y religiones como la “caída de los Ángeles”. Llamaremos a esos seres como “Luciféricos”, de acuerdo con el nombre tradicional de su inspirador y líder.

    Irradiando su influencia y ampliando su campo de autonomía, esos seres luciféricos alcanzaron también al hombre, cuyo Yo, aún poco desarrollado, fue arrebatado del ambiente protegido de las jerarquías normales. El ser humano cayó bajo la influencia de su cuerpo astral, repleto de pasiones e instintos poco dominados.

    Como consecuencia de eso hubo una mineralización progresiva del hombre en relación a su ambiente. Hasta entonces vivía en “la presencia de Dios”, esto es, en un estado onírico de comunicación con los mundos superiores. Bajo la influencia Luciférica, le nació una consciencia más clara y se le abrieron los sentidos físicos, en la misma medida cesaba la videncia superior. Anteriormente, todo su ser, era penetrado por las fuerzas armoniosas de los seres “buenos”, la separación provocó defectos cada vez más graves en toda su organización: el Yo, y el cuerpo astral se tornaban fuentes de codicia y malos instintos; el cuerpo etérico pasó a presentar enfermedades y debilidades, y la muerte hizo su entrada en la Tierra, como necesidad de un descanso regenerador.

    Desde el punto de vista espiritual, el hombre adquirió la facultad de actuar en desacuerdo con las leyes divinas, esto es, de pecar. En verdad, él pasó al mismo tiempo a ser un ente responsable y moral, pues solamente quien tiene la posibilidad de pecar, tiene el mérito de no pecar. En el paraíso, el hombre era perfecto; pero era un ser sin autonomía, un autómata, sin ningún mérito por la perfección. Ahora, apartado de su origen divino, él está expuesto a todas las flaquezas, a los defectos y al pecado. Pero en compensación, se liberó de los viejos lazos, volviéndose dueño de sus decisiones, y adquiriendo el libre albedrío y la plena consciencia de sí; y con eso la verdadera dignidad humana, o por lo menos, la esperanza de poseerla algún día.

    Como consecuencia de su caída, el hombre pudo utilizar ciertas fuerzas – que él dominaba por su antiguo “estar” en los mundos espirituales (podemos llamar a esas fuerzas, “mágicas”) – en completo desacuerdo con esos mundos. Esos abusos, dictados por el triunfo de su astralidad también caótica y mal intencionada, provocaron el fin de la Lemuria: el continente despareció en medio de grandes catástrofes de fuego, resultado directo de los excesos mágicos de los Lemurianos. Un nuevo centro de vida se formó entonces en la Atlántida, viejo continente al oeste De Europa, del cual nos hablaron Platón y otros autores antiguos.

FUENTES ADICIONALES: R. Steiner, Atlántida y Lemuria, OC 11, Ed. Antroposófica

 

 


ATLANTIDA

 

A pesar de la expulsión del “paraíso”, los hombres atlantes todavía poseían mucho más que nosotros, contactos íntimos con los mundos superiores. Sintiendo en particular conexión con los planetas, de los cuales originalmente provenían, ellos formaron centros de Inspiración donde restablecían contacto con los seres inspiradores de estos planetas. Esos lugares, los llamados oráculos, eran verdaderos centros iniciáticos, donde los más avanzados entre los hombres, recibían sus inspiraciones. Estos guías transmitían a los demás hombres, las instrucciones de los dioses.. Eran los Jefes de los grupos sociales.

    En la Atlántida se formaron, poco a poco, las razas primitivas y las leguas, estas a partir de una protolengua única. Debemos imaginarnos a los hombres Atlantes muy diferentes de nosotros; solamente en el fin de la época Atlante, su aspecto exterior se tornó igual al nuestro. Los hombres tenían todavía muchos poderes, que serían considerados hoy como sobrenaturales. Ellos podían, por ejemplo, modificar su forma y tamaño de acuerdo con los sentimientos que los animaban. En comparación, su consciencia era mucho más nebulosa que hoy, era rudimentaria. Por ende, la evolución se dirigía en sentido de un despertar cada vez mayor del intelecto…

    Como en antigua Lemuria, ocurrieron en Atlántida abusos de fuerzas mágicas, reservadas originalmente a los iniciados de los oráculos. Esos abusos, producirían una serie de catástrofes acuáticas que pusieron fin a la Atlántida. Ella se hundió dejando en su lugar el Océano que lleva su nombre. Antes y después de esa catástrofe, hubo grandes migraciones de grupos humanos, que fueron fijándose en varios puntos de la Tierra, formando las razas y culturas históricas. Hubo tales migraciones con destino a América, a África, a Asia Oriental. Los hombres más evolucionados emigraron en último lugar para el Asia Central, bajo la conducción de un gran iniciado llamado Manú. Ese nombre está relacionado con el de Noé de La Biblia, y, de hecho, ambos son la misma individualidad. Encontramos así la mima raíz fonética de Manitú (Gran Espíritu de los indios de Norteamérica). También en los manas de los hindúes y en la palabra maná (alimento de los israelitas en la fuga de Egipto), y también en Menes y Minos, legendarios fundadores de las civilizaciones de Egipto y Creta.

    También la historia del Diluvio (pues el de la Atlántida corresponde al Diluvio) forma parte de muchas religiones; éste coincide con las ultimas épocas glaciales y nos lleva casi al límite de los tiempos históricos, en que se desarrolla el llamado: Período post-atlante.

 

FUENTES ADICIONALES: R. Steiner, Atlántida y Lemuria, OC 11, Ed. Antroposófica